¿Y si uno de los mayores negocios energéticos del futuro consistiera en enterrar CO₂ bajo tierra? La industria ya invierte miles de millones en capturar y transportar carbono desde fábricas hasta depósitos geológicos profundos. Jorge Miroslav Jara Salas revela cómo esta nueva actividad puede transformar el sector del petróleo y el gas y abrir un mercado multimillonario
Jorge Miroslav Jara Salas, autor de este artículo y profesional con años de experiencia en la industria petrolera, analiza la transición energética desde una idea que ha definido durante más de un siglo buena parte de la infraestructura energética mundial: mover moléculas.
Durante más de un siglo, una parte importante de la infraestructura energética mundial se construyó alrededor de una idea: mover moléculas.
Petróleo desde los campos hasta las refinerías. Gas desde los yacimientos hasta las ciudades y las industrias. Oleoductos, gasoductos, terminales, estaciones de compresión, buques y redes de distribución.
Pero la transición energética está comenzando a plantear una nueva necesidad:
¿Y si una parte importante de la infraestructura energética del futuro también tuviera que transportar carbono?
La pregunta ya no es teórica.
La captura, utilización y almacenamiento de carbono —CCUS— está entrando en una etapa de mayor inversión y desarrollo. Según la Agencia Internacional de Energía, la inversión en estos proyectos superó los US$5.000 millones en 2025, más de quince veces el nivel de 2020. Además, existen ya más de 9.000 kilómetros de tuberías de CO₂ y más de 70 grandes instalaciones de captura en operación.
El siguiente desafío es llevar esa infraestructura a una escala mucho mayor.
Del barril al carbono
El proceso tiene una lógica que, para quienes hemos trabajado durante años en la industria petrolera, resulta familiar.
Una instalación industrial captura el CO₂ generado por sus procesos. Ese CO₂ se comprime y se transporta —principalmente mediante tuberías— hasta un lugar donde pueda ser almacenado de manera permanente en formaciones geológicas profundas. También puede transportarse por barco, ferrocarril o carretera en determinados casos.
La diferencia es que ahora la molécula que estamos moviendo no es petróleo ni gas.
Es carbono.
Y eso puede crear una nueva cadena de valor.
No necesariamente hablamos de que una sola empresa construya todo el sistema. Al contrario. Uno de los modelos que está tomando fuerza es el desarrollo de hubs de carbono: redes compartidas donde distintas industrias capturan CO₂, lo entregan a una infraestructura común y este es transportado hacia uno o varios sitios de almacenamiento.
La IEA identifica precisamente esta evolución hacia modelos en los que se separan las etapas de captura, transporte y almacenamiento, permitiendo que aparezcan nuevos operadores especializados.
Una nueva oportunidad para la industria
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de la transición energética.
Muchas de las capacidades necesarias para construir esta nueva infraestructura ya existen dentro de la industria
Geólogos que conocen el subsuelo. Ingenieros capaces de diseñar y perforar pozos. Especialistas en integridad de instalaciones. Operadores de tuberías y estaciones de compresión. Empresas de servicios, logística y construcción acostumbradas a manejar proyectos complejos y de gran escala.
El conocimiento no desaparece.
Se transforma.
Incluso parte de la infraestructura existente podría, dependiendo de sus características y de la regulación, ser reutilizada o adaptada para transportar CO₂. La IEA ha señalado que la reconversión de determinados gasoductos y oleoductos puede representar una oportunidad para reducir el costo de desarrollar nuevas redes, aunque cada caso requiere una evaluación técnica específica.
Por eso, la transición energética no tiene por qué significar que todo lo construido durante la era de los hidrocarburos quede obsoleto.
Parte de esa infraestructura puede convertirse en el puente hacia la siguiente etapa.
Texas está mostrando el camino
El proyecto Rose de ExxonMobil en Texas es un buen ejemplo de esta transformación.
El proyecto contempla capturar CO₂ de grandes emisores industriales, comprimirlo y transportarlo hasta tres pozos donde se almacenaría a gran profundidad. La capacidad prevista es de aproximadamente 53 millones de toneladas métricas durante 13 años.
Pero Rose es solamente una pieza de una tendencia mayor.
Lo que estamos empezando a construir no son únicamente proyectos de captura. Estamos construyendo sistemas completos para gestionar el carbono.
Y allí estará uno de los grandes desafíos empresariales de los próximos años: conectar emisores, transporte y almacenamiento bajo modelos regulatorios y financieros que hagan viable toda la cadena.
La IEA advierte que precisamente esa coordinación es uno de los principales retos del CCUS: son proyectos complejos, con grandes inversiones iniciales y responsabilidades que pueden extenderse durante décadas.
La nueva geografía energética
Esto también puede cambiar la geografía de la energía.
Durante décadas, la infraestructura siguió el mapa de los hidrocarburos: desde dónde estaban los yacimientos hasta dónde se encontraban las refinerías y los consumidores.
En una economía que capture carbono, tendremos que pensar en otro mapa: dónde están las grandes fuentes de emisiones y dónde existen formaciones geológicas capaces de almacenar CO₂ de manera segura y permanente.
Entre ambos puntos habrá que construir conexiones.
Y eso significa inversiones, empleos, ingeniería, regulación, servicios especializados y nuevas oportunidades para regiones que hoy ya poseen experiencia en infraestructura energética.
La transición energética, vista desde esta perspectiva, deja de ser únicamente una historia sobre qué combustible sustituye a cuál.
También es una historia sobre qué nueva infraestructura tendremos que construir para gestionar las emisiones del sistema energético e industrial que todavía necesitamos.
Quizás por eso, dentro de algunos años, cuando hablemos de la gran infraestructura energética del siglo XXI, no hablaremos solamente de oleoductos y gasoductos.
También hablaremos de carbonoductos.
Porque el próximo gran negocio energético podría no ser solamente transportar moléculas de petróleo y gas.
También podría ser transportar carbono.


