El misterio de la BEAC: cuatro décadas de incertidumbre sobre la bomba de aire-combustible española
El desarrollo de la bomba de explosivo de aire-combustible (BEAC), un ambicioso proyecto armamentístico iniciado por España en la década de los 80, continúa siendo uno de los capítulos más opacos de la industria militar nacional. A pesar de la inversión pública y de los indicios documentales sobre ensayos realizados en el extranjero, el destino final de esta tecnología y su posible integración en el arsenal de las Fuerzas Armadas nunca han sido esclarecidos de manera definitiva por las autoridades competentes.
El programa tuvo su origen en 1983 bajo el impulso del Ministerio de Defensa, a través de la Dirección General de Armamento y Material (DGAM). El objetivo era desarrollar una munición termobárica capaz de generar una onda expansiva de gran potencia, similar en efectos térmicos a una pequeña carga nuclear pero sin el componente radiactivo. La ejecución del proyecto recayó en la empresa Explosivos Alaveses (Expal), que en aquel entonces formaba parte del grupo Explosivos Río Tinto.
Según registros de la época, el programa recibió una financiación pública que superó los 99 millones de pesetas entre 1984 y 1985, destinados tanto al desarrollo de la bomba como a la investigación de su espoleta. Aunque directivos de Expal confirmaron en su día la colaboración con Defensa, siempre insistieron en el carácter convencional del explosivo, evitando comparaciones con armamento de destrucción masiva ante la creciente atención mediática.
La proyección internacional de este desarrollo quedó patente en 1990, cuando diversas informaciones situaron los ensayos de la BEAC en el desierto de Atacama, Chile. Según despachos de la agencia EFE y reportajes de la revista Tiempo, las pruebas incluyeron detonaciones estáticas y lanzamientos desde aviones CASA C-101 de la Fuerza Aérea de Chile. Estos eventos fueron recogidos por el Joint Publications Research Service (JPRS) de los Estados Unidos, que destacó la preocupación de países vecinos como Perú ante el avance tecnológico español.
A pesar de la relevancia técnica del proyecto, la respuesta institucional en el Congreso de los Diputados ha sido históricamente evasiva. En 1993, el entonces ministro de Defensa, Julián García Vargas, negó planes para dotar a los cazas F-18 con esta munición. Más contundente fue el secretario de Estado de Defensa en 1997, Pedro Morenés, quien aseguró ante la Comisión de Defensa que el Gobierno no tenía previsto ni había dotado a las Fuerzas Armadas con la bomba BEAC, cerrando aparentemente la puerta a su operatividad.
En el año 2005, el Ejecutivo volvió a ratificar en sede parlamentaria que no existía ningún programa de investigación activo sobre esta tecnología. Sin embargo, estas declaraciones oficiales nunca detallaron el paradero de los prototipos fabricados ni los resultados técnicos de las investigaciones financiadas con dinero público durante más de una década, dejando un vacío en la trazabilidad del proyecto.
La reciente adquisición de Expal Systems por parte de la multinacional alemana Rheinmetall en agosto de 2023, por un importe aproximado de 1.200 millones de euros, ha añadido una nueva incógnita sobre la titularidad de los derechos industriales de la BEAC. No se ha especificado si el conocimiento tecnológico generado en los años 80 forma parte de los activos transferidos al grupo germano o si permanece bajo control del Estado español.
España se situó en su momento junto a potencias como Estados Unidos, la Unión Soviética o Israel en el desarrollo de este tipo de armamento termobárico. No obstante, a diferencia de otros programas internacionales que culminaron en sistemas operativos como el TOS-1 ruso o la MOAB estadounidense, la BEAC española permanece como un enigma histórico que oscila entre el éxito tecnológico industrial y el rechazo político a su despliegue oficial.


