El escritor Vladímir Sorokin explora la confluencia entre religión y Estado en su obra «El Kremlin de azúcar»
El panorama literario e internacional analiza la vigencia de la obra «El Kremlin de azúcar», del autor ruso Vladímir Sorokin, un texto que plantea una distopía situada en el año 2028 donde convergen de manera estrecha el nacionalismo político y la religión ortodoxa. Escrito originalmente en 2008, el libro describe una Rusia post-putinista que ha regresado a estructuras sociales propias de la época de los zares, amparadas por un férreo control propagandístico y una simbiosis institucional entre el poder civil y el eclesiástico.
La narrativa de Sorokin se articula a través de quince relatos que tienen como eje central una réplica del Kremlin fabricada con azúcar, objeto que el Soberano entrega a sus súbditos. Este elemento simbólico actúa como representación de la sumisión y la gratitud del pueblo hacia el Estado, mientras la trama revela un sistema de castas donde los «opríchniks» —cuerpos de seguridad con reminiscencias históricas— ejercen la represión y aseguran la lealtad absoluta al régimen a través de métodos que combinan la violencia tradicional con tecnología avanzada.
La obra destaca por mostrar una Rusia aislada que ha construido una gran muralla física y espiritual para protegerse del exterior, reforzando sus vínculos estratégicos exclusivamente con China. En este escenario, el autor describe la recuperación de castigos corporales públicos y una estructura de señores y siervos, contrastada con la presencia de «máquinas inteligentes» y hologramas sagrados utilizados para el adoctrinamiento escolar y social, evidenciando un uso materialista de la fe por parte de las élites gubernamentales.
Uno de los puntos centrales del análisis es la crítica a la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa, la cual es presentada en la ficción como un pilar fundamental que apoya sin fisuras las decisiones del Soberano. Sorokin incide en cómo la espiritualidad es instrumentalizada para generar una obediencia acrítica, un tema que cobra relevancia ante las actuales tensiones geopolíticas y las declaraciones de líderes religiosos reales que han vinculado el sacrificio militar con la redención espiritual en el marco del conflicto en Ucrania.
Vladímir Sorokin, considerado uno de los autores rusos contemporáneos más influyentes, reside actualmente en Berlín tras su decisión de no regresar a Rusia a raíz de la invasión de Ucrania en 2022. Su situación de exilio añade una capa de profundidad institucional al debate sobre la libertad de expresión y la función de la literatura como herramienta de advertencia frente a los riesgos de la polarización y la falta de separación entre las esferas de la fe y el ejercicio del poder estatal.
Finalmente, el debate suscitado por la obra trasciende las fronteras rusas y plantea una reflexión sobre el concepto de «nacionalcatolicismo» o el patriotismo regresivo en diversas latitudes. La obra de Sorokin sirve como recordatorio de los principios democráticos de neutralidad religiosa y la naturaleza secular del Estado, advirtiendo sobre las consecuencias de elevar las estructuras gubernamentales a una categoría de orden sagrado.


