Cayetano González Hermosilla, exdirector de comunicación del Ministerio del Interior durante la etapa de Jaime Mayor Oreja, ha presentado su reciente obra titulada «La gran traición», un volumen que analiza la evolución del tratamiento institucional a las víctimas del terrorismo de ETA y el actual escenario político en España. El autor sostiene que, si bien la estructura operativa de la banda terrorista fue desmantelada por la acción del Estado de derecho, su proyecto político continúa vigente a través de EH Bildu, formación que el periodista identifica como heredera de la organización.
La tesis central de González Hermosilla se articula en torno al concepto de «derrota moral» de las víctimas. Según el autor, el sentimiento de desamparo que transmiten colectivos como el presidido por Maite Araluce responde al proceso de normalización política de EH Bildu impulsado por el Gobierno de Pedro Sánchez. González califica esta estrategia como una agresión a la memoria de quienes sufrieron la violencia terrorista, argumentando que los acuerdos parlamentarios con la izquierda abertzale suponen un blanqueamiento que altera el relato de lo sucedido en las últimas décadas.
En su análisis sobre el futuro institucional, el autor prevé que el Partido Socialista podría facilitar gobiernos de EH Bildu en Navarra y el País Vasco si se mantienen las mayorías necesarias y la actual dirección del PSOE. González argumenta que el nacionalismo de izquierdas encaja de manera más fluida en el proyecto de transformación constitucional que atribuye al presidente Sánchez, situando a EH Bildu como socio preferente por encima del Partido Nacionalista Vasco (PNV), formación que, a su juicio, atraviesa una crisis de liderazgo y desgaste institucional.
Respecto a la posición de la izquierda abertzale, González Hermosilla considera insuficientes las declaraciones de pesar emitidas por Arnaldo Otegi y Arkaitz Rodríguez en 2021. Para el periodista, la ausencia de una condena explícita del pasado terrorista y la falta de una ruptura total con los integrantes de la antigua ETA invalidan el compromiso democrático de Sortu. En este sentido, califica como escenarios ficticios la posibilidad de una regeneración interna de estas formaciones que implique el reconocimiento de la ilegitimidad de la violencia.
La política penitenciaria ocupa un lugar destacado en la crítica del autor, quien vincula el acercamiento de presos y la transferencia de competencias en materia de prisiones al País Vasco con los apoyos parlamentarios necesarios para la estabilidad del Ejecutivo. González distingue entre los procesos de reinserción individual, basados en el arrepentimiento sincero y la colaboración con la justicia, y lo que denomina concesiones políticas derivadas de la negociación presupuestaria con EH Bildu.
Como medida de reparación, el periodista reclama a las fuerzas políticas de la oposición que, ante un eventual cambio de gobierno, sitúen a las víctimas en el centro de la memoria institucional del Estado. Entre sus propuestas concretas destaca la implementación de la historia de ETA como asignatura obligatoria en el sistema educativo, con el objetivo de que las nuevas generaciones comprendan la dimensión del terrorismo y el sufrimiento causado, evitando que el final de los atentados derive en un olvido colectivo.
Finalmente, «La gran traición» apela al papel de la cultura y la educación para preservar el testimonio de las víctimas frente a lo que el autor denomina el relato de los «dos bandos». González Hermosilla insiste en la necesidad de mantener una distinción ética clara entre víctimas y victimarios, rechazando cualquier intento de equidistancia en la representación literaria o cinematográfica del terrorismo, y exhorta a las familias a transmitir de manera directa a sus descendientes la realidad vivida durante los años de actividad de la banda.


