El secuestro de dióxido de carbono (CO₂) se consolida como una herramienta clave para reducir emisiones en industrias difíciles de descarbonizar, mientras expertos como Jorge Miroslav Jara Salas reclaman una transición energética realista. Lejos de ser una solución mágica, la captura y almacenamiento de CO₂ se perfila como pieza imprescindible en la lucha contra el cambio climático sin frenar el desarrollo económico
El secuestro de dióxido de carbono se perfila como una de las tecnologías más prometedoras para mitigar las emisiones en sectores difíciles de descarbonizar. Aunque no es una solución mágica, expertos como Jorge Miroslav Jara Salas coinciden en que puede ser clave en una transición energética viable.
En medio del debate global sobre cómo enfrentar el cambio climático, una tecnología silenciosa pero contundente está ganando atención: el secuestro de dióxido de carbono (CO₂). Mientras algunos defienden una transición 100% renovable a corto plazo, otros, como el ingeniero Jorge Jara Salas, especialista en energía y con experiencia de más de 30 años en proyectos multinacionales, insisten en la necesidad de soluciones realistas.
“La Captura y Almacenamiento (CCS) no es una excusa para seguir contaminando, es una herramienta para hacerlo un poco más eficiente mientras se transita hacia algo mejor”, afirma el ingeniero.
¿Qué es el secuestro de CO₂?
Se conoce como secuestro de CO₂ al conjunto de técnicas que capturan el dióxido de carbono antes de que llegue a la atmósfera, y lo almacenan de forma segura o lo reutilizan. Hay dos grandes vertientes: la captura y almacenamiento (CCS), y la captura y utilización (CCU), donde el CO₂ se transforma en productos como combustibles sintéticos o materiales de construcción.
Existen también variantes como la captura directa del aire (DAC) o la captura biológica, como la reforestación. Sin embargo, las técnicas más avanzadas hoy se aplican directamente en las fuentes industriales, como plantas de energía, refinerías y cementeras.
¿Cómo funciona?
El proceso de captura industrial de CO₂ puede darse en tres formas principales: postcombustión (filtrar el CO₂ del gas residual), precombustión (antes de quemar el combustible) u oxicombustión (combustión con oxígeno puro para facilitar la captura). Una vez capturado, el CO₂ se transporta mediante ductos hasta zonas geológicas profundas, donde se almacena de forma permanente.
Uno de los ejemplos más conocidos es el de la planta Boundary Dam en Canadá, o el proyecto Northern Lights en Noruega, donde grandes volúmenes de CO₂ son inyectados en formaciones salinas subterráneas.
Sobre estas prácticas agrega Jorge Miroslav Jara Salas que… “La tecnología existe y está probada. El reto es escalarla”
Ventajas y riesgos
Entre los beneficios del CCS está su aplicación en industrias difíciles de descarbonizar, donde las energías renovables aún no son viables. Además, permite seguir utilizando infraestructura existente mientras se reducen emisiones.
Pero también hay retos: los costos siguen siendo elevados, se necesita una red de transporte de CO₂ segura y estable, y existen temores sobre posibles fugas a largo plazo.
“No se trata de dejar de producir, sino de producir sin dejar huella”, insiste Jorge Jara Salas, de acuerdo a su experticia en el sector. “El CCS es una tecnología de transición que puede permitirnos cumplir con metas sin detener el crecimiento”.
El rol del petróleo y gas en esta solución
Contrario a lo que se piensa, muchas petroleras están liderando los desarrollos en CCS. ExxonMobil, Shell y Aramco están invirtiendo millones en esta tecnología, que podría convertirse en un nuevo negocio en sí misma.
“Es urgente que dejemos de ver al petróleo como enemigo y empecemos a enfocarnos en cómo hacerlo más limpio”, comenta Jorge Jara Salas.
En el caso de Latinoamérica, estos procesos avanzan más lento. Faltan marcos regulatorios, incentivos fiscales y proyectos piloto. “Y es que sin un ecosistema que lo apoye, el CCS seguirá siendo una idea lejana”, advierte el especialista.
Europa, entre el avance tecnológico y los desafíos regulatorios
Mientras tanto, Europa se consolida como una de las regiones más activas en proyectos de captura y almacenamiento de CO₂, aunque todavía enfrenta desafíos para cumplir sus metas climáticas. La Comisión Europea ha propuesto objetivos ambiciosos: alcanzar una capacidad de almacenamiento de 50 millones de toneladas anuales para 2030, cifra que debería aumentar a 280 millones en 2040 para lograr la neutralidad climática en 2050.
Entre los proyectos más destacados está Northern Lights, en Noruega, que planea inyectar CO₂ capturado en Oslo en acuíferos salinos profundos en la costa noruega. También sobresale Hafslund Oslo Celsio, que ya realiza pruebas piloto de captura en plantas industriales, y Aramis, en los Países Bajos, que busca conectar distintas fuentes de captura en Europa mediante una red compartida de transporte y almacenamiento.
“Europa ha entendido que capturar carbono no es una opción, sino una obligación para mantener su competitividad y cumplir sus compromisos ambientales”, explica Jorge Miroslav Jara Salas.
“Sin embargo, el avance no es homogéneo: hay países que lideran en tecnología, y otros que aún no definen su estrategia nacional”.
Un caso emblemático es España, que, a pesar de liderar la absorción natural de CO₂ a través de sus tierras y bosques más del doble que otros países europeos, todavía carece de una estrategia integral de captura y almacenamiento. Según la Plataforma Tecnológica Española del CO₂ (PTECO2), el país posee recursos geológicos potenciales, como la cuenca del Ebro, donde ya se han desarrollado pilotos como el de Hontomín, pero aún se encuentra rezagado en la implementación a gran escala.
Desde su experiencia, el ingeniero comenta: “España tiene una ventaja natural con sus bosques y suelos, pero necesita complementar esa absorción con soluciones tecnológicas. El equilibrio entre captura natural y tecnológica será clave para Europa”, añade Jorge Jara Salas.
Mirando hacia adelante
El secuestro de CO₂ no es la solución definitiva al cambio climático, pero sí una pieza clave del rompecabezas. Puede coexistir con las energías renovables, la eficiencia y la electrificación. Lo fundamental es entender que no hay una única vía hacia la sostenibilidad.
“Estamos frente a un problema complejo que requiere soluciones complejas, no promesas simples”, concluye el ingeniero y agrega que “apostar por el secuestro de CO₂ es apostar por una transición con los pies en la tierra”.
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