jueves, abril 30, 2026
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Antonio Tejero: el ‘tonto útil’ del 23-F y su papel real

El 23-F y la Frágil Aurora Democrática Española

El 23 de febrero de 1981 se grabó a fuego en la memoria colectiva española como uno de los momentos más tensos y determinantes de su historia reciente. En una España que apenas comenzaba a afianzar su tránsito hacia la democracia tras décadas de dictadura, el asalto al Congreso de los Diputados por un grupo de guardias civiles, pistola en mano, representó una prueba de fuego para la joven nación. Este evento, lejos de ser un acto aislado, fue la culminación de un clima de inestabilidad y descontento en ciertos sectores, principalmente militares, que veían con recelo la evolución política del país. Entre los protagonistas de aquella noche, la figura del teniente coronel Antonio Tejero Molina emergió como el rostro visible de la insurrección, un personaje cuya participación ha sido objeto de profundo análisis y debate a lo largo de los años.

Antonio Tejero: La Visión de un Convencido

La trayectoria de Tejero no era la de un militar cualquiera. Su ideario, arraigado en una interpretación estricta de ciertos valores y un profundo sentimiento patriótico, lo posicionaba en un espectro conservador y antidemocrático. Antes del 23-F, ya había manifestado su disconformidad con el rumbo político en episodios como la «Operación Galaxia», una conspiración anterior que buscaba un golpe de estado. Esta reincidencia evidencia una convicción inquebrantable en la necesidad de «salvar» a España de lo que consideraba una deriva indeseable. Para Tejero, la lealtad a la patria se traducía en una intervención directa en la política, una visión propia de épocas pretéritas que chocaba frontalmente con los principios de la monarquía parlamentaria.

El Instrumento Inadvertido de una Trama Mayor

A pesar de su protagonismo mediático en el asalto, la narrativa histórica sugiere que Tejero pudo haber sido, en gran medida, un mero engranaje dentro de una maquinaria mucho más compleja. La expresión «tonto útil» ha sido recurrente para describir su rol, indicando que su fervor y su escasa capacidad para cuestionar la profundidad de la operación lo convirtieron en el ejecutor ideal de planes gestados por mentes más calculadoras. Mientras otros conspiradores, como el general Alfonso Armada, tenían objetivos más sofisticados —como la instauración de un gobierno de unidad nacional con tintes autoritarios— Tejero parecía obsesionado con una «revolución» radical y el retorno a un régimen militar. Esta disparidad de miras dentro de los propios golpistas es un factor clave para entender el fracaso final de la intentona.

La Escenografía del Golpe: Ceguera y Lealtad Ciega

La imagen de Tejero disparando al techo del hemiciclo se convirtió en el símbolo más icónico y aterrador del 23-F. Este acto, más allá de su violencia, revelaba una determinación casi fanática y una desconexión con las posibles consecuencias catastróficas. La lealtad de sus subordinados, muchos de ellos guardias civiles, es otro elemento crucial. Numerosos relatos sugieren que una parte significativa de los efectivos que irrumpieron en el Congreso lo hicieron bajo la creencia de estar cumpliendo órdenes legítimas para contrarrestar un supuesto atentado terrorista de ETA o una amenaza a la seguridad nacional. Esto resalta la capacidad de manipulación y la fe ciega en la cadena de mando que Tejero ejercía sobre sus hombres, quienes en muchos casos desconocían la verdadera naturaleza y los objetivos de la operación.

Además, se ha especulado sobre la presencia de elementos externos, posiblemente agentes de inteligencia, que habrían alimentado las convicciones de Tejero y facilitado la logística previa. Estos «agitadores» habrían actuado como catalizadores, intensificando su predisposición a la acción y asegurando su participación entusiasta en la trama del «Elefante Blanco«, como se conocía al plan que implicaba al general Armada. Esta capa de intriga subraya que Tejero no operaba en un vacío, sino que era parte de un entramado donde distintos intereses convergían, aunque con propósitos finales dispares.

Las Consecuencias y el Legado de un Simbolismo Forzoso

Tras el rotundo fracaso del golpe, y su posterior encarcelamiento, Antonio Tejero mantuvo un silencio casi absoluto sobre los detalles más profundos de la conspiración. Esta reticencia a desvelar nombres o motivaciones más allá de su propia versión de los hechos ha alimentado aún más el misterio en torno al 23-F. Algunos analistas sugieren que, con el tiempo, Tejero pudo haber comprendido que su papel había sido el de un mero peón, instrumentalizado por figuras más influyentes y astutas que buscaban un resultado diferente al que él imaginaba. Este posible reconocimiento de su manipulación, sin embargo, nunca fue públicamente articulado con claridad. Su figura, por tanto, se consolida como un recordatorio de los peligros que acechan a las democracias incipientes y de la importancia de la vigilancia constante ante cualquier intento de subversión del orden constitucional.

El golpe de estado de 1981, en lugar de destruir la democracia española, paradójicamente sirvió para fortalecerla. La respuesta contundente de las instituciones y la sociedad civil demostró la resiliencia del nuevo sistema. La imagen de Tejero, pistola en mano, se transformó en un icono de lo que España había superado, un símbolo de la fragilidad que puede esconderse detrás de la fortaleza institucional y la necesidad de una ciudadanía comprometida con sus valores democráticos.

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