jueves, abril 2, 2026
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El festín del Titanic: salarios, aplausos y la aritmética ignorada

La historia del Titanic suele recordarse por su espectacular naufragio, pero hay un detalle menos citado y más revelador: durante horas después del impacto, el barco siguió funcionando con aparente normalidad. Las luces permanecieron encendidas, la orquesta tocó y muchos pasajeros continuaron en los salones. El problema no fue la calma, sino la negación. El desenlace ya estaba determinado por leyes físicas que no atendían discursos ni gestos tranquilizadores.

Un incremento del salario mínimo cercano al 23%, hasta alcanzar los $1.750.000, guarda una inquietante similitud con ese episodio. No porque el objetivo de mejorar los ingresos de los trabajadores sea cuestionable —lo es y es legítimo—, sino porque hacerlo sin una correspondencia clara con la productividad, el comportamiento de la inflación y la estructura real del mercado laboral implica ignorar restricciones económicas básicas. Especialmente cuando la decisión se presenta como un triunfo político inmediato más que como una política sostenible.

El contexto macroeconómico no es neutro. La inflación anual se sitúa alrededor del 5,3% y el Banco de la República mantiene la tasa de interés en 9,25%, una señal inequívoca de cautela frente a la estabilidad de precios. En ese escenario, un ajuste salarial que cuadruplica la inflación no responde a una corrección técnica, sino a la expectativa de que los efectos adversos puedan diferirse en el tiempo, aunque terminen materializándose.

Y esos efectos tienen destinatarios concretos. Al sumar prestaciones, aportes a seguridad social y cargas parafiscales, el costo total de un salario mínimo para el empleador se aproxima a los $3 millones mensuales. Esta realidad impacta directamente a las pequeñas y medianas empresas, así como a sectores intensivos en mano de obra, donde los márgenes son reducidos y la competencia, tanto local como internacional, es intensa.

Uno de los aspectos menos discutidos —y más sensibles— es el impacto potencial sobre el empleo en el sector de BPO y otras actividades de tercerización. Colombia ha tardado casi dos décadas en consolidar este ecosistema: formación en bilingüismo, desarrollo de ciudades intermedias, conectividad, infraestructura tecnológica y una reputación operativa que no se construye de la noche a la mañana. Hoy, el sector genera cerca de 800.000 empleos formales y cumple una función clave como puerta de entrada al mercado laboral para jóvenes y trabajadores sin experiencia previa.

Sin embargo, el BPO opera en un mercado global altamente competitivo, donde los costos se miden en dólares por hora y se comparan entre países. Cuando el costo laboral aumenta de forma abrupta sin un avance equivalente en productividad, la consecuencia no suele ser un cierre inmediato ni un anuncio ruidoso. El ajuste es más silencioso: los nuevos proyectos se instalan en otros países, los contratos se renegocian, la automatización gana terreno y la creación de empleo formal se desacelera sin que medie una crisis visible.

No es necesario que el barco se parta en dos para que el daño sea irreversible. Basta con que los compartimentos estratégicos comiencen a inundarse. En Colombia, el salario mínimo ya se encuentra elevado en relación con el salario mediano; incrementarlo aún más amplía la brecha entre quienes logran mantenerse en la formalidad y quienes quedan excluidos. Para los primeros, el ingreso mejora. Para los segundos, la informalidad o el desempleo se convierten en la única alternativa.

Nada de lo anterior implica defender salarios estancados ni desconocer el impacto del costo de vida sobre los hogares. Implica, más bien, asumir que los aumentos sostenibles deben apoyarse en mayor productividad, más formalización y una economía capaz de absorberlos sin destruir empleo. Redistribuir ingresos que la economía aún no genera no es una política progresiva: es un anticipo que termina cobrando intereses.

El Titanic no se hundió por la música ni por el ambiente de confianza, sino por haber confundido la percepción con la realidad estructural. Fijar el salario mínimo al margen de esa realidad productiva repite el mismo error. Puede generar alivio inmediato y aplausos legítimos, pero el costo aparece después, en forma de menor empleo formal, mayor informalidad y menor crecimiento. Y cuando esos efectos se hacen visibles, ya no hay margen para corregir el rumbo.

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