Mary Beard analiza la vigencia y las sombras del mundo antiguo en su nueva obra «Clásicos sin filtros»
La catedrática emérita de la Universidad de Cambridge y autoridad en el mundo grecorromano, Mary Beard, ha publicado su más reciente trabajo titulado «Clásicos sin filtros» (Editorial Crítica). El lanzamiento de esta obra coincide con un incremento notable en el interés por la literatura clásica y las ventas de poemas homéricos, impulsado por recientes estrenos culturales. En este volumen, la historiadora propone una revisión crítica de la antigüedad, instando a los lectores a despojar a este periodo de la veneración tradicional para comprender sus complejidades sociales, políticas y éticas.
La obra, que compila conferencias dictadas en las universidades de Chicago y Edimburgo, sostiene que el estudio de los clásicos debe alejarse de la idealización. Beard argumenta que la utilidad de la antigüedad no reside en extraer lecciones de sabiduría inmutable, sino en su capacidad para cuestionar el presente. Para la autora, es necesario reconocer que la cultura grecolatina, aunque fundamental para Occidente, incluyó elementos de violencia, esclavitud y misoginia que a menudo quedan ocultos bajo una mirada romántica.
Uno de los ejes centrales del libro es la desmitificación de la democracia ateniense. La investigadora advierte que la percepción moderna de Atenas como un bastión de igualdad y derechos humanos es, en gran medida, una construcción posterior. Beard subraya que la realidad institucional del gobierno democrático antiguo difiere profundamente de las democracias contemporáneas, siendo un sistema mucho más impredecible y alejado de los estándares de libertad actuales de lo que se suele proyectar en el imaginario colectivo.
En el ámbito de la herencia cultural, el texto explora cómo las interpretaciones del pasado han sido moldeadas por intereses políticos de épocas posteriores. La autora cita como ejemplo las intervenciones arqueológicas en Roma durante el mandato de Benito Mussolini, cuyas restauraciones y excavaciones determinan todavía hoy la forma en que los ciudadanos y turistas perciben los restos imperiales. Asimismo, Beard invita a reconsiderar el canon estético griego, recordando que las esculturas originales poseían una policromía vibrante y que muchas de las obras hoy consideradas maestras fueron, en su origen, motivo de controversia o incomodidad social.
Finalmente, «Clásicos sin filtros» aborda el debate sobre la responsabilidad ética del historiador. Ante las críticas que sugieren un análisis desapasionado del pasado, la catedrática defiende la necesidad de aplicar juicios éticos sobre prácticas como los juegos de gladiadores o las crucifixiones. La obra concluye señalando que los ecos de la antigüedad permanecen presentes en la retórica política moderna y en la memoria colectiva, reafirmando que el estudio de los clásicos ofrece un antídoto contra la simplificación del pensamiento contemporáneo.


