El 19 de julio de 1808 marcó un hito en la historiografía militar europea con la victoria del Ejército de Andalucía, bajo el mando del general Francisco Javier Castaños, sobre las tropas imperiales francesas del general Pierre-Antoine Dupont de l’Étang. El enfrentamiento, desarrollado en la localidad jiennense de Bailén, supuso la primera capitulación en campo abierto de un cuerpo de ejército napoleónico, quebrando el mito de la invencibilidad del Gran Corso y alterando definitivamente el equilibrio de poder en el continente.
La estrategia española, fundamentada en la astucia táctica y el aprovechamiento riguroso de las condiciones climáticas, resultó determinante para el desenlace. El general Castaños, a pesar de no contar con el genio militar de sus oponentes, logró coordinar a una serie de subordinados competentes, como los generales Reding y Coupigny, para infiltrar tropas en la retaguardia francesa y ocupar posiciones estratégicas que controlaban las fuentes de agua. Esta maniobra forzó a los soldados franceses a combatir bajo temperaturas extremas —superiores a los 38 grados— en un estado de deshidratación severa.
El origen del conflicto se sitúa en la movilización francesa hacia Cádiz para socorrer a su escuadra naval y la posterior respuesta popular tras los sucesos del Dos de Mayo. Dupont, tras someter a Córdoba a un saqueo, inició una retirada hacia Madrid ante el temor de quedar aislado por la insurgencia y las tropas regulares españolas concentradas en el sur. La resistencia civil en Valdepeñas, que bloqueó el Camino Real, y la infiltración de divisiones españolas que tomaron el nudo de comunicaciones de Bailén, dejaron al ejército imperial en una situación de vulnerabilidad logística crítica.
Durante la jornada del 19 de julio, la batalla se transformó en un ejercicio de resistencia defensiva por parte de las divisiones de Reding. Mientras los ataques franceses perdían ímpetu debido al agotamiento y la sed, el bando español contó con el apoyo logístico de la población civil. Las mujeres de Bailén, representadas históricamente por la figura de María Bellido, actuaron como aguadoras, suministrando agua fresca que permitió no solo la hidratación de los combatientes, sino también la refrigeración de los cañones, que mantuvieron su operatividad frente al colapso de la artillería francesa por recalentamiento.
A mediodía, tras el fracaso de una última carga liderada por la Guardia Imperial y la deserción de los regimientos suizos que se pasaron al bando español, el general Dupont solicitó la capitulación. Al momento de entregar su espada, el general francés destacó su historial invicto, a lo que Castaños respondió con la sobriedad que caracterizó su mando, reconociendo que aquella era, paradójicamente, la primera victoria de su carrera. El resultado final fue la rendición de cerca de 20.000 soldados de élite franceses.
El impacto internacional de Bailén fue inmediato. La noticia de la derrota francesa alentó a las potencias europeas a reanudar la resistencia contra el Imperio Napoleónico, sirviendo de inspiración para las coaliciones que finalmente culminarían en la batalla de Waterloo. Para la nación española, la victoria operó como una catarsis que legitimó la resistencia a largo plazo, consolidando la voluntad de enfrentarse a la ocupación extranjera a pesar de las dificultades militares que marcarían los años posteriores del conflicto.


