miércoles, junio 3, 2026
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El refugio de Eugenia Martínez de Irujo en la campiña de Jerez

Eugenia Martínez de Irujo, integrante de la Casa de Alba, ha consolidado su estancia en la campiña de Jerez de la Frontera como un contrapunto funcional y privado a la solemnidad de los palacios históricos que conforman el patrimonio de su linaje. A diferencia de las sedes institucionales de la familia, como el Palacio de Liria en Madrid o el Palacio de las Dueñas en Sevilla, la finca «Las Mesas» se perfila como un enclave orientado a la gestión de la privacidad, la actividad ecuestre y el fomento de la cultura flamenca.

Situada en un entorno estratégico caracterizado por suelos de albariza y cultivos de viñedo, la Hacienda Las Mesas no forma parte de la titularidad histórica de la Casa de Alba, sino que pertenece a la familia López de Carrizosa. Sin embargo, Martínez de Irujo y su marido, Narcís Rebollo, han adoptado esta propiedad del siglo XVI como su principal centro de desconexión rural, adaptando el caserío tradicional andaluz a las necesidades de la vida contemporánea y alejándose de los protocolos rígidos que rigen las residencias urbanas de la aristocracia española.

El arraigo en la comarca jerezana responde a una doble vertiente: la vinculación profesional de Rebollo con la industria musical y el arte flamenco, y la vocación ecuestre de Martínez de Irujo. La finca dispone de instalaciones hípicas de primer nivel, incluyendo cuadras y picaderos destinados al cuidado del caballo cartujano, una estirpe originaria del siglo XV que es motor económico y cultural de la zona. En este espacio, la hija de la fallecida duquesa de Alba desarrolla también actividades de bienestar animal, convirtiendo la propiedad en un santuario para especies rescatadas.

Desde una perspectiva arquitectónica y de gestión del patrimonio, la comparativa con el Palacio de Liria evidencia dos modelos de habitabilidad contrapuestos. Mientras que Liria funciona como sede de la Fundación Casa de Alba y alberga una de las pinacotecas privadas más importantes del mundo —con obras de Goya, Velázquez y Rubens—, la finca de Jerez prioriza una estética informal y funcional. El diseño interior de «Las Mesas» huye de la opulencia neoclásica para centrarse en textiles étnicos, mobiliario de mimbre y materiales tradicionales como la enea y la madera vista.

El entorno de la campiña, caracterizado por sus lomas onduladas y su capacidad agrícola para la producción del vino de Jerez, proporciona un blindaje frente a la exposición mediática. Las reuniones sociales en la finca se desarrollan bajo una estricta discreción, centradas en la convivencia artística y el cante jondo. Este modelo de vida rural representa una transición hacia la gestión personal de los espacios, donde la funcionalidad del campo prevalece sobre la representación institucional que define a los grandes palacios de la nobleza en España.

A pesar de mantener su residencia habitual en un edificio anexo a los jardines del Palacio de Liria en Madrid, Martínez de Irujo ha proyectado en la campiña gaditana su identidad más personal. El contraste entre el mármol heráldico de las sedes familiares y el entorno natural de Jerez subraya una tendencia hacia la búsqueda de refugios privados que permitan compaginar el legado histórico con un estilo de vida ajeno a las exigencias del protocolo oficial de la Casa de Alba.

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