Especialistas y autores cuestionan la imposición de la felicidad permanente en la salud mental
El auge de la cultura de la optimización personal y la búsqueda ininterrumpida del bienestar ha generado una corriente de análisis crítico tanto en el ámbito literario como en el científico. Diversos expertos y autores, entre los que destaca el escritor y doctor en Filología Hispánica Jesús Montiel, advierten que la resistencia a experimentar emociones negativas, como la tristeza o el duelo, puede derivar en un deterioro de la salud mental, contraviniendo la creencia popular de que la estabilidad emocional reside exclusivamente en el pensamiento positivo.
Jesús Montiel, a través de sus recientes reflexiones, sostiene que un estado de salud psicológica genuino no consiste en la ausencia de dolor, sino en la capacidad de convivir con él. Según el autor granadino, la sociedad contemporánea ha convertido la felicidad en una meta obligatoria, lo que paradójicamente dificulta la gestión de las crisis personales. Montiel aboga por una «mirada contemplativa» que permita aceptar la vulnerabilidad y el sufrimiento como componentes intrínsecos de la experiencia humana, en lugar de tratarlos como patologías o fallos del sistema individual.
Esta perspectiva coincide con las conclusiones de investigaciones publicadas en el Journal of Personality and Social Psychology. Un estudio dirigido por los psicólogos Brett Q. Ford e Iris B. Mauss determinó que las personas que aceptan sus emociones negativas sin juzgarlas presentan mayores niveles de bienestar psicológico a largo plazo. La investigación subraya que la aceptación no elimina el malestar inicial, pero impide la aparición del denominado «doble sufrimiento», un fenómeno en el que el individuo experimenta una segunda capa de angustia al sentirse culpable o frustrado por no ser capaz de mantener un estado de ánimo positivo.
En el ámbito clínico, este enfoque se alinea con la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), desarrollada por Steven C. Hayes. Esta disciplina, integrada en las terapias de tercera generación, postula que el intento constante de controlar o suprimir pensamientos y emociones inevitables incrementa su presencia y frecuencia. La flexibilidad psicológica, definida como la habilidad de contactar con el momento presente y aceptar las sensaciones desagradables cuando estas cumplen una función adaptativa, se consolida como uno de los principales indicadores de resiliencia según la evidencia científica actual.
La crítica hacia determinados sectores de la literatura de autoayuda también forma parte de este debate. Montiel cuestiona el «imperativo del cómo» —cómo superar, cómo ser feliz, cómo optimizar—, señalando que el enfoque en la superación inmediata puede invalidar el proceso natural de los sentimientos. Desde la neurociencia afectiva, se recuerda que emociones como la nostalgia, el miedo o la tristeza poseen funciones adaptativas esenciales, tales como la elaboración de pérdidas o la preparación del organismo ante posibles amenazas, funciones que se ven mermadas cuando se impone la supresión emocional.
Finalmente, los especialistas coinciden en que la salud mental en el siglo XXI requiere un cambio de paradigma: transitar desde la exigencia de una felicidad ininterrumpida hacia el reconocimiento de la complejidad emocional. La capacidad de integrar los momentos de quiebre y el dolor sin la presión de una reconstrucción inmediata se perfila, según los expertos, como una estrategia más sostenible y realista para el equilibrio psíquico en la sociedad actual.


