El arquitecto británico Norman Foster, a sus 91 años, ha consolidado a Madrid como el centro neurálgico de su actividad profesional y su vida familiar. Tras una trayectoria internacional que ha marcado el urbanismo contemporáneo, el Premio Pritzker ha establecido en el barrio de Chamberí un ecosistema donde convergen la arquitectura, el arte y la gestión cultural, integrando de manera directa a su esposa, la psicóloga y editora Elena Ochoa, y a sus dos hijos, Paola y Eduardo.
La estructura operativa del matrimonio Foster-Ochoa se distribuye en dos sedes estratégicas situadas a escasa distancia en la capital española. El palacete de la calle Monte Esquinza, un edificio de 1912 rehabilitado, funciona como sede de la Norman Foster Foundation, entidad dedicada a la investigación y el desarrollo de proyectos urbanísticos y de diseño. Por su parte, la calle Orfila acoge Ivorypress, la editorial de libros de artista fundada por Ochoa. Esta proximidad física permite una dinámica de trabajo y convivencia que el arquitecto ha definido públicamente como idónea, destacando las cualidades de Madrid como una ciudad compacta y transitable.
El vínculo entre Norman Foster y España se fortaleció tras su encuentro con Elena Ochoa en 1994. Tras su matrimonio en 1996 en Londres, la pareja inició una colaboración que trascendió lo personal para adentrarse en el mecenazgo cultural. Este cambio supuso para Ochoa el abandono de su carrera en la psicología académica y los medios de comunicación para liderar proyectos editoriales de alto nivel, convirtiéndose en la principal aliada estratégica de Foster en sus iniciativas globales.
El relevo generacional de la familia también se manifiesta en la formación de sus descendientes. Su hija, Paola Foster, de 27 años, ha seguido la trayectoria profesional de su padre tras graduarse en Historia del Arte por la Universidad de Harvard y completar un máster en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale. Su perfil profesional se orienta hacia el urbanismo desde una perspectiva humanista y la gestión de pensamiento crítico, colaborando frecuentemente en el ecosistema creativo de sus progenitores.
Por otro lado, Eduardo Foster, el hijo menor de 24 años, ha enfocado su carrera hacia el ámbito corporativo y la gestión de proyectos. Formado en centros académicos de Londres, desarrolla su actividad profesional en los sectores inmobiliario y financiero, participando en proyectos de desarrollo urbano de gran escala, como el complejo CityLife en Milán. Eduardo mantiene una presencia discreta, actuando principalmente como apoyo institucional en las actividades culturales de la editorial de su madre.
La vida de los Foster en Madrid se caracteriza por un perfil de corte intelectual y académico, alejado de los circuitos sociales convencionales. Su hogar y sus fundaciones operan como foros de encuentro para artistas, científicos y pensadores internacionales. A pesar de mantener residencias en Londres, Suiza y Nueva York, la familia ha consolidado su base de operaciones en España, donde el arquitecto continúa su labor profesional bajo una premisa de vitalidad y discreción institucional.


