La ciencia descifra los mecanismos de atracción del mosquito, el animal más letal para el ser humano
El mosquito se consolida como la especie más mortífera del planeta, superando ampliamente las cifras de decesos causadas por otros depredadores o animales venenosos. Mientras que las mordeduras de serpiente provocan cerca de 100.000 muertes anuales, enfermedades transmitidas por mosquitos como la malaria superan las 600.000 víctimas cada año. Investigaciones científicas recientes han comenzado a desvelar con precisión los complejos mecanismos sensoriales que permiten a estos insectos localizar a sus víctimas, un avance clave ante la expansión de especies tropicales hacia zonas templadas debido al cambio climático.
Expertos en epidemiología advierten que el ascenso global de las temperaturas está alterando el mapa de riesgos sanitarios. El mosquito tigre (Aedes albopictus) y el Aedes aegypti, vectores de enfermedades como el dengue, el zika y la chikunguña, ya han sido detectados en latitudes anteriormente libres de estos patógenos, incluyendo el sur de Europa y las islas británicas. En España, la presencia del Virus del Nilo Occidental y casos autóctonos de dengue confirman que la posibilidad de que estas patologías se vuelvan endémicas en el continente es un escenario real.
La biología de estos insectos revela que la búsqueda de sangre humana no responde a una necesidad nutricional primaria, sino reproductiva. Son exclusivamente las hembras fecundadas las que pican para obtener las proteínas necesarias para la fabricación de sus huevos. Para localizar a su objetivo, el mosquito utiliza un sistema de navegación multi-sensorial que se activa a grandes distancias, siendo el dióxido de carbono (CO2) la señal principal.
Los mosquitos son capaces de detectar variaciones mínimas en los niveles de CO2, de hasta un 0,01 %, a distancias que oscilan entre los 10 y los 50 metros. Este gas no solo sirve de guía, sino que activa otros sentidos del insecto, poniéndolo en alerta visual. A una distancia de entre 5 y 15 metros, el reconocimiento visual toma el relevo; los estudios indican una preferencia por colores oscuros y tonos situados entre el naranja y el rojo, que los investigadores asocian con el espectro de color de la piel humana.
En el rango de proximidad, inferior a los 20 centímetros, el insecto ignora el rastro de CO2 para centrarse en el calor corporal —detectado mediante receptores infrarrojos en sus antenas—, la humedad y el olor de la piel. El ser humano exhala más de 500 compuestos volátiles, y la combinación de estos define el atractivo individual para el mosquito. La microbiota cutánea y la genética juegan un papel determinante, estimándose que hasta un 85 % de la propensión a ser picado tiene un origen hereditario.
Factores biológicos y fisiológicos específicos aumentan el riesgo de picadura. Las personas con sangre de tipo 0, aquellas con una mayor producción de ácido láctico o las mujeres en estado avanzado de gestación —quienes exhalan un 21 % más de CO2— resultan ser objetivos prioritarios. Asimismo, la práctica de ejercicio físico incrementa el atractivo debido al aumento de la temperatura corporal y la sudoración.
La investigación también ha descubierto estrategias evolutivas sofisticadas por parte de los patógenos. Virus como el del dengue o el zika pueden alterar el olor corporal del huésped infectado para hacerlo más atractivo a otros mosquitos, facilitando así la propagación de la enfermedad. Este hallazgo subraya la dificultad de la lucha contra estos insectos, cuya estrategia de búsqueda de víctimas es descrita por la comunidad científica como extraordinariamente robusta y difícil de neutralizar con los repelentes actuales.
Finalmente, estudios preliminares sugieren que hábitos de consumo como la ingesta de cerveza o el uso de ciertas sustancias podrían incrementar el atractivo para los mosquitos, aunque los mecanismos exactos de estas variaciones aún están bajo estudio. Ante este panorama, la comprensión detallada de la interacción entre el virus, el huésped y el vector se presenta como la única vía para desarrollar nuevas estrategias de prevención y tratamiento en un entorno de calentamiento global.


