La distinción regulatoria entre los medicamentos autorizados por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) y los complementos alimenticios a base de ácidos grasos omega 3 ha generado una creciente preocupación en el ámbito sanitario. A pesar de que ambos productos pueden compartir concentraciones similares de principios activos, los suplementos carecen de la supervisión clínica y los requisitos de prescripción que rigen para los fármacos, lo que plantea riesgos potenciales para la seguridad del paciente.
En el mercado español coexisten actualmente cuatro medicamentos autorizados cuyo principio activo son ácidos grasos omega 3. Tres de ellos combinan los ácidos EPA y DHA para el tratamiento de la hipertrigliceridemia, mientras que un cuarto, compuesto exclusivamente por EPA, se emplea para reducir el riesgo de eventos cardiovasculares. Por el contrario, los complementos alimenticios no requieren autorización de agencias del medicamento ni seguimiento médico, y la legislación prohíbe explícitamente que su etiquetado anuncie efectos terapéuticos.
La comunidad científica advierte que el consumo de dosis elevadas de omega 3, habitual tanto en fármacos como en algunos suplementos de alta concentración, se asocia a efectos secundarios significativos. El más relevante es el aumento del riesgo de fibrilación auricular, un ritmo cardíaco irregular que puede derivar en complicaciones cardiovasculares y cerebrales. Asimismo, se han reportado trastornos gastrointestinales y un incremento en los tiempos de sangrado, efectos que a menudo no figuran en la información facilitada al consumidor de suplementos.
En lo que respecta a la salud mental y el deterioro cognitivo, la evidencia científica disponible hasta la fecha no es concluyente. Si bien en 1998 se observó una menor incidencia de depresión en países con alto consumo de pescado, los ensayos posteriores diseñados para prevenir esta patología mediante suplementación en la población general no han mostrado resultados positivos. Del mismo modo, la investigación sobre el uso de estos ácidos grasos para mitigar la demencia o mejorar funciones cognitivas en adultos sanos sigue sin ofrecer datos determinantes.
El interés por los omega 3 se remonta a los años 70, cuando estudios en la población inuit de Groenlandia relacionaron estos ácidos grasos con un menor riesgo cardiovascular. Desde entonces, las recomendaciones nutricionales han evolucionado hacia el fomento del consumo de pescado azul al menos una vez por semana. Los expertos subrayan que el organismo humano es poco eficiente al sintetizar EPA y DHA a partir de aceites vegetales, por lo que la ingesta directa a través de la dieta se mantiene como la opción predilecta.
La actual disponibilidad de suplementos que mimetizan las dosis de los medicamentos, pero sin el control de un profesional sanitario, supone un desafío para la salud pública. Los especialistas recalcan que, ante la falta de supervisión, la compra de suplementos de baja dosis puede resultar ineficaz, mientras que el uso de presentaciones de alta potencia sin seguimiento médico expone al usuario a los mismos riesgos que un medicamento sin contar con las garantías de seguridad que ofrece el sistema de farmacovigilancia.


