Un equipo de investigadores de la Universidad de La Laguna ha logrado reconstruir la evolución de las prácticas funerarias en la Necrópolis de Tebas, frente a Luxor, tras un exhaustivo análisis de la tumba TT 209. El estudio, publicado recientemente en la revista especializada Frontiers in Environmental Archaeology, detalla cómo este espacio fue utilizado y reutilizado de manera ininterrumpida entre la XXV Dinastía (754-656 a. C.) y el periodo ptolemaico (305-30 a. C.).
La investigación, liderada por los egiptólogos Jared Carballo-Pérez y Miguel Ángel Molinero Polo, se centró en la cámara tres del complejo funerario, donde se hallaron 16 individuos momificados, los restos de al menos otros cuatro sujetos y un perro momificado. Los resultados sugieren que, lejos de una acumulación caótica de cuerpos, existió una «memoria funeraria» que dictaba la disposición de los nuevos enterramientos respetando la presencia de los anteriores.
Durante la fase más antigua de la tumba, correspondiente a la XXV Dinastía, los investigadores identificaron enterramientos de alto estatus social. En este periodo, los cuerpos eran depositados en ataúdes individuales, acompañados de redes funerarias, amuletos y objetos de lujo, como ánforas de origen fenicio. La disposición espacial era holgada y seguía un patrón de distinción socioeconómica claro.
A medida que avanzó el tiempo, especialmente hacia el periodo persa (680-404 a. C.), la lógica de ocupación se transformó. El equipo arqueológico observó una mayor densidad en el uso del espacio, donde los cuerpos comenzaron a colocarse en cualquier hueco disponible y de forma superpuesta. En esta etapa, se detectaron cambios en la posición de los miembros, como brazos flexionados, marcando una transición hacia rituales menos individualizados pero igualmente estructurados.
Uno de los hallazgos más significativos del estudio se sitúa en el periodo ptolemaico, en la sección sureste de la cámara. Allí se documentó un enterramiento excepcional: un perro momificado colocado directamente sobre los cuerpos de un hombre y una mujer. Según los autores, este hallazgo podría responder a una relación afectiva estrecha entre los individuos y el animal, o bien a una función ritual donde el canino actuaba como psicopompo, guiando a los difuntos en su tránsito al más allá.
En esta última fase de uso antes del abandono de la tumba, los expertos detectaron la adopción de la «posición osiriana», con ambos brazos cruzados sobre el pecho. Esta característica, sumada a la presencia de vasijas verticales asociadas a rituales específicos, confirma que la tumba no perdió su valor sagrado ni su estructura ritual, sino que fue reactivada y reconfigurada conceptualmente por las sucesivas generaciones.
La investigación concluye que la tumba TT 209 funciona como un registro histórico de la resiliencia de las tradiciones egipcias y su capacidad de adaptación ante los cambios políticos y sociales. El equipo de la Universidad de La Laguna ha anunciado que el próximo paso del proyecto consistirá en un análisis bioarqueológico detallado de los restos óseos para determinar las condiciones de salud, dieta y actividad física de los individuos enterrados, lo que permitirá profundizar en el perfil social de quienes ocuparon este espacio sagrado durante siete siglos.


