sábado, octubre 24, 2026
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Jahel Queralt y la defensa de la meritocracia progresista

El debate intelectual contemporáneo sobre la vigencia de la meritocracia ha cobrado un nuevo impulso ante la aparición de corrientes críticas que analizan la evolución de los planteamientos progresistas. Expertos y académicos evalúan si el cuestionamiento del esfuerzo individual y el reconocimiento del mérito, en favor de políticas de identidad y resultados garantizados, supone un distanciamiento de los principios de la racionalidad ilustrada y la igualdad de oportunidades que han definido a Occidente.

En este escenario, el ensayo «Nadie merece nada», de la autora Jahel Queralt, ha abierto una discusión sobre la necesidad de que la izquierda política recupere la meritocracia como una herramienta de justicia y eficiencia. La obra sostiene que la renuncia a este ideal por considerarlo un concepto ajeno o propio de sectores conservadores ha generado una «deriva» en los sectores que se definen como progresistas, quienes en ocasiones priorizan la ingeniería institucional sobre la voluntad individual.

La tesis central que se debate en los foros de pensamiento jurídico y social es la distinción entre la igualdad de oportunidades, ampliamente aceptada, y la igualdad de resultados. Según el análisis de críticos como el historiador Rafael Núñez Florencio, la izquierda actual enfrenta una contradicción al intentar suprimir el mérito bajo la premisa de que todo éxito personal es fruto del azar o del privilegio de clase. Esta postura, advierten, podría conducir a un estancamiento en la movilidad social y a un desprecio por la excelencia profesional.

El debate se extiende también al impacto de la denominada «cultura woke» y el relativismo cultural en las instituciones. Se señala que la defensa de cuotas y la discriminación positiva, en detrimento de la igualdad ante la ley, representa un giro hacia el particularismo que debilita el universalismo clásico. Este fenómeno se manifiesta en ámbitos sensibles como la educación, donde la valoración del esfuerzo se ve desplazada por criterios que buscan evitar la marginación a costa de la exigencia académica.

Queralt propone en su obra una reconciliación: una meritocracia vinculada a la solidaridad redistributiva. Bajo este modelo, el reconocimiento de la capacidad técnica para desempeñar puestos de responsabilidad no se anularía, pero obligaría a quienes perciben mayores ingresos a una contribución social superior. Esta propuesta busca dotar al progresismo de una estructura de incentivos que no renuncie a la eficiencia técnica ni a la justicia redistributiva, tratando de superar la actual desconfianza hacia la responsabilidad individual.

Finalmente, el análisis institucional subraya que el descrédito de la razón y el avance de posiciones que cuestionan el progreso científico y económico en nombre de la sostenibilidad o la identidad plantean un reto para la cohesión social. La aparición de voces críticas dentro del propio espectro de la izquierda sugiere una incipiente necesidad de reformular estas bases ideológicas para evitar lo que algunos autores describen como un «callejón sin salida» cultural y político.

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