El ecosistema empresarial español y diversos organismos internacionales han comenzado a consolidar un cambio de paradigma en la gestión de la sostenibilidad, evolucionando desde un modelo de mitigación de daños hacia uno de impacto regenerativo. Esta transición, impulsada por entidades como Impact Hub Madrid y el movimiento Connecting Drops, propone que la responsabilidad corporativa no se limite a reducir huellas negativas, sino a actuar como un agente de transformación activa en cinco dimensiones clave: personal, cultural, organizacional, de negocio y de ecosistema.
Bajo la premisa del denominado «impacto anidado», el nuevo enfoque define el impacto no como un destino o una donación aislada, sino como un proceso de cambio que se propaga en círculos concéntricos. Según los expertos en estrategia e innovación, este fenómeno nace en el núcleo individual —liderazgo con propósito— para transformar posteriormente la cultura de los equipos y, finalmente, redefinir los modelos de negocio. La meta actual es que las organizaciones dejen de centrarse exclusivamente en la rentabilidad financiera para integrar la resolución de necesidades sociales y ambientales en sus estados de resultados.
Este movimiento hacia la regeneración marca una diferencia sustancial respecto a los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) tradicionales. Mientras que el enfoque preventivo buscaba «hacer menos mal» a través de la reducción de emisiones o el cumplimiento normativo, el ESG regenerativo exige restaurar los sistemas degradados y revitalizar el tejido social. Este cambio de escala implica que el impacto generado a nivel local o interno en una oficina tenga la capacidad de escalar hasta convertirse en una acción global con efectos sistémicos.
La colaboración intersectorial se presenta como el motor indispensable para alcanzar estos objetivos. El proyecto Connecting Drops ejemplifica esta tendencia al reunir a organizaciones de diversos sectores, como Moeve, Ayuda en Acción, LG, Ikea, Noaway e Impact Hub. Esta alianza busca multiplicar la capacidad de generar beneficios tangibles mediante la puesta en común de recursos y conocimientos, demostrando que el capital puede y debe entender su función social de una manera más expansiva.
Desde el punto de vista institucional, el fortalecimiento de estas nuevas estructuras busca superar los modelos heredados de las revoluciones industriales anteriores, que han quedado obsoletos ante los desafíos del siglo XXI. El objetivo final de esta estrategia es habilitar ecosistemas económicos que, en lugar de agotar los recursos naturales y sociales, contribuyan a su nutrición y resiliencia a largo plazo, consolidando la idea de que la rentabilidad y la regeneración son valores complementarios y necesarios para la estabilidad global.


