El reciente acuerdo suscrito entre Estados Unidos y el Reino de Dinamarca en relación con Groenlandia ha suscitado un debate profundo sobre los fundamentos de la soberanía nacional y la seguridad internacional. Aunque el pacto se centra en la transferencia de responsabilidades de seguridad al Gobierno estadounidense, sus implicaciones trascienden la región ártica, afectando directamente a los intereses de potencias medias como España y cuestionando los principios de integridad territorial vigentes en el derecho internacional.
El texto, firmado en el marco de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), establece que Estados Unidos asumirá el control permanente sobre la seguridad y otras necesidades estratégicas de Groenlandia. A pesar de este traspaso de competencias, Dinamarca mantiene formalmente la soberanía sobre el territorio, una estructura que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha calificado como un éxito diplomático basado en la proximidad geográfica entre el continente americano y la isla ártica.
Uno de los aspectos más controvertidos derivados de esta negociación es la validación implícita de la denominada «teoría continental», que sugiere que la soberanía nacional debería estar condicionada por la cercanía geográfica. Analistas internacionales advierten que este argumento carece de base jurídica sólida y podría ser instrumentalizado por terceros países para reclamar territorios alejados de las metrópolis. En el contexto español, este razonamiento afectaría la legitimidad de las plazas de soberanía en el norte de África y las Islas Canarias, reforzando indirectamente las pretensiones territoriales de potencias vecinas.
Frente a la tesis de la proximidad geográfica, la realidad política de la Unión Europea presenta numerosos contraejemplos. Las regiones ultraperiféricas, como Madeira y Azores en Portugal, o la Guayana Francesa y Mayotte en Francia, confirman que la soberanía no se debilita por la distancia continental. Asimismo, la situación de las islas griegas en el Egeo o las dependencias de la Corona británica en el Canal de la Mancha refuerzan la idea de que la historia y la voluntad de los habitantes prevalecen sobre la geografía en la definición de las fronteras estatales.
El análisis del acuerdo también señala la complejidad de disociar la seguridad de la soberanía. Históricamente, la capacidad de un Estado para proporcionar seguridad a sus ciudadanos es la base de su autoridad soberana. Al delegar la seguridad en Washington de forma permanente —término que el presidente Trump ha enfatizado como «para siempre»—, se genera una incertidumbre sobre quién ostentará la autoridad final en caso de conflictos de intereses estratégicos, como la explotación de recursos minerales o la gestión de nuevas rutas comerciales polares surgidas por el deshielo.
Desde una perspectiva estratégica, el acuerdo parece ser una solución de compromiso que permite a Estados Unidos consolidar su presencia en el Ártico sin alterar formalmente el mapa político. Actualmente, la presencia militar estadounidense en Groenlandia se limita principalmente a la base de Pituffik (anteriormente Thule), esencial para el sistema de defensa antimisiles. No obstante, el nuevo marco jurídico otorga una estabilidad a largo plazo a los derechos operativos de Washington, que anteriormente estaban sujetos a renovaciones periódicas desde 1951.
Finalmente, la situación pone de relieve el desafío que enfrentan las potencias medias en el actual orden global de competencia entre grandes poderes. La diplomacia danesa ha logrado evitar la venta del territorio, planteada inicialmente por la administración Trump, pero el precedente sentado sobre la relevancia de la geografía en la soberanía preocupa en las cancillerías europeas. La cohesión de los Estados miembros de la UE en la defensa de sus territorios transcontinentales se perfila como un factor determinante para evitar que las reclamaciones basadas en la proximidad ganen terreno en la agenda internacional.


