Félix de Azúa analiza la evolución del gótico y critica la reconstrucción de Notre Dame en su nuevo ensayo
El escritor y filósofo Félix de Azúa ha publicado su más reciente obra, titulada «Un fraude monumental. Mil años de gótico» (Editorial Debate), un ensayo en el que examina la trayectoria de este estilo arquitectónico desde sus orígenes en el siglo XI hasta la actualidad. La obra utiliza la reciente reconstrucción de la catedral de Notre Dame en París como punto de partida para reflexionar sobre la transformación del arte en un producto orientado al consumo masivo y la pérdida del propósito espiritual original de las grandes construcciones europeas.
En el texto, Azúa establece un contraste crítico entre la restaurada Notre Dame y la basílica de Saint Denis. Mientras define a la primera como un monumento «frío y desangelado» supeditado a la «religión fotográfica» y al turismo global, sostiene que en Saint Denis aún prevalece el espíritu de la «teología de la luz» impulsada por el abad Suger. Según el autor, la decisión del Estado francés de reconstruir Notre Dame siguiendo el modelo del siglo XIX, en lugar de recuperar su pureza medieval, confirma que el templo ha dejado de pertenecer a los feligreses para integrarse plenamente en las industrias del ocio.
El ensayo propone una metodología que el autor denomina «el ojo que piensa», distanciándose de la historiografía tradicional para tratar de comprender el fenómeno artístico en su contexto histórico original. Azúa se inserta en la tradición filosófica de Hegel y Arthur Danto para abordar el concepto del «fin del arte» o el inicio de una era «poshistórica». Bajo esta premisa, el arte contemporáneo se habría liberado de su dependencia narrativa y representativa para convertirse en una forma de filosofía, lo que otorga a los creadores una libertad total, pero a menudo vacía de su significado trascendental.
La investigación recorre la evolución técnica y estética del gótico, desde la invención de la bóveda ojival que permitió la elevación de las naves y la integración de las vidrieras, hasta las modificaciones románticas de Viollet-le-Duc. Azúa califica estas adaptaciones como un «fake» o adulteración que ha sido asimilada por la cultura popular, influyendo incluso en la estética de los parques temáticos modernos. Para el autor, estas construcciones se han vuelto elementos indiferentes del paisaje urbano, cuya verdadera historia permanece oculta bajo capas de restauraciones interesadas.
A pesar de su visión crítica sobre la gestión del patrimonio, el autor concluye que el arte mantiene un carácter transhistórico. A través de lo que describe como un «resplandor indemostrable» de verdad, Azúa sugiere que la esencia de una obra puede ser reconocida independientemente de las creencias religiosas del observador. El libro se presenta como una lección sobre la autonomía de la estética y una invitación a recuperar una mirada limpia frente a los monumentos que definen la identidad de las ciudades europeas.


