El escritor portugués Gonçalo Tavares, galardonado con el Premio Formentor de las Letras, ha reivindicado la lectura y la creación literaria como actos de resistencia frente a la inmediatez y las dinámicas de consumo del mercado editorial contemporáneo. En el marco de la recepción de este prestigioso reconocimiento en Mallorca, el autor de obras fundamentales como «Jerusalén» y «El barrio» reflexiona sobre una trayectoria marcada por la ruptura de géneros y la defensa de la autonomía intelectual.
Tavares sitúa el origen de su vocación en un suceso biográfico previo a su nacimiento. En 1952, un grupo de maestros convenció a su abuelo, un policía de origen humilde, de que su padre debía continuar sus estudios en lugar de dedicarse a las labores agrícolas. Según el autor, ese «ejército desarmado» cambió el destino de su familia, permitiéndole años después acceder al tiempo y a los libros, factores que define como el mayor lujo posible en una sociedad dominada por la utilidad económica.
Para el literato nacido en Luanda en 1970, la lectura actual constituye una forma de «suspensión de la urgencia» y una herramienta para huir de la homogeneización del pensamiento impuesta por las redes sociales. Tavares sostiene que existe una «industria de fabricación de tontos» que busca evitar la soledad y la introspección, elementos que considera esenciales para el desarrollo de la lucidez y la construcción de un proyecto de vida individual.
Su proceso creativo se divide en dos fases marcadamente diferenciadas. La primera es orgánica y rápida, donde el autor escribe sin mediación racional hasta agotar su capacidad física. La segunda fase, que puede ocurrir años después, consiste en un ejercicio de edición riguroso y crítico. En esta etapa, Tavares asegura priorizar la calidad estética sobre la cantidad de lectores, llegando a realizar cortes drásticos en sus textos bajo la premisa de que su compromiso es con la obra y no con las exigencias comerciales.
Asimismo, el autor rechaza la clasificación de sus escritos en categorías tradicionales como novela, ensayo o poesía. Tavares defiende la noción de «texto» como un proceso de excavación arqueológica donde cada libro debe generar su propio género literario. Para el escritor, imponer una categoría previa limita el lenguaje y el pensamiento, mientras que la libertad creativa permite descubrir verdades que permanecen ocultas bajo las convenciones narrativas.
Respecto al Premio Formentor, Tavares subraya la importancia de este galardón por reconocer a creadores que han trazado caminos propios al margen de la popularidad. A pesar de los honores, mantiene una disciplina estricta que prioriza la escritura matutina como una necesidad existencial y de equilibrio personal, desvinculando su estabilidad económica del éxito de ventas para preservar su independencia artística.
Finalmente, el autor explora en su obra la conexión con lo prelingüístico, vinculando su nacimiento en Angola con sensaciones físicas y sensoriales que preceden al lenguaje. Aunque su formación es íntegramente portuguesa, Tavares reconoce en los ritmos y sonidos africanos una herencia involuntaria que influye en su escritura, la cual busca, en última instancia, expresar aquello que el ser humano sentía antes de convertirse en un animal lingüístico.


