La huella demográfica romana en la península ibérica superó el impacto de las migraciones germánicas
Una investigación internacional liderada por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE), centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra, ha determinado que la consolidación del dominio romano en la península ibérica provocó una transformación demográfica a gran escala que convirtió el territorio en un mosaico genético mediterráneo. El estudio, publicado en la revista Cell, concluye que, por el contrario, las migraciones de pueblos germánicos como los suevos, vándalos, alanos y visigodos durante la Antigüedad tardía tuvieron un impacto genético mucho más limitado en la población hispana.
El trabajo constituye el primer análisis arqueogenómico sistemático de este periodo, fundamentado en el estudio de 243 genomas antiguos procedentes de 31 yacimientos arqueológicos. Los resultados revelan que, frente a la relativa homogeneidad genética característica de la Edad del Hierro, los individuos de los siglos I al IV d. C. presentan una diversidad de ascendencias significativamente mayor. Este fenómeno se atribuye a la llegada masiva de personas procedentes del Mediterráneo oriental y del norte de África bajo la administración de Roma.
Según Carles Lalueza-Fox, director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona y corresponsable del estudio, la romanización no fue exclusivamente un proceso de asimilación política, lingüística y cultural, sino que supuso una alteración profunda de la estructura poblacional. Los datos demuestran que las infraestructuras y la organización imperial conectaron de manera efectiva a las comunidades locales con redes humanas originadas en diversos puntos del entorno mediterráneo.
En contraste con el periodo romano, la investigación señala que la entrada de los grupos germánicos a partir del año 409 e. c. no alteró radicalmente el paisaje genético de la península. Aunque se ha identificado la presencia de individuos con ascendencia de Europa central y septentrional en contextos arqueológicos específicos vinculados a las nuevas élites políticas, la mayoría de las comunidades locales mantuvo el perfil diverso heredado de la época hispanorromana. La contribución genética de estos grupos se estima entre el 12% y el 22%, dependiendo de la región y el estrato social.
Pablo Carrión, primer autor del estudio e investigador del Instituto Max Planck, destaca que, a diferencia de lo ocurrido en otras regiones como Britania o los Balcanes, en Iberia no se produjo una sustitución de la población a gran escala. El modelo de transición hacia los reinos germánicos, como el visigodo o el suevo, se caracterizó por una mezcla gradual con las poblaciones locales, donde la identidad cultural y política no siempre coincidía con el origen geográfico de los individuos.
El análisis genómico ha permitido también documentar historias familiares específicas que ilustran la movilidad de la época. Los investigadores localizaron a dos hermanos de ascendencia centroeuropea enterrados a más de 700 kilómetros de distancia, uno en la actual Mérida (Augusta Emerita) y otro en Castellón (Ildum). Asimismo, el estudio de las denominadas «princesas suevas» ha revelado que algunas de estas mujeres de alta jerarquía poseían ascendencia local, lo que sugiere una política activa de alianzas matrimoniales entre las nuevas élites y las familias hispanorromanas preexistentes.
Finalmente, los autores subrayan que la heterogeneidad genética de la Antigüedad tardía era incluso mayor que la actual. Este hallazgo indica que el acervo genético peninsular continuó transformándose durante el periodo medieval y postmedieval, influenciado por el dominio islámico, los movimientos internos y la posterior expansión de los reinos cristianos. El equipo científico resalta la necesidad de ampliar los muestreos en el norte de la península y el norte de África para completar la reconstrucción histórica del mapa genómico europeo.


