El Papa León XIV bendice la Cruz de la Torre de Jesucristo en la Sagrada Familia
El Papa León XIV presidió este domingo la ceremonia de bendición de la cruz que corona la Torre de Jesucristo en la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Con la instalación de este elemento arquitectónico, el templo diseñado por Antoni Gaudí se convierte oficialmente en la construcción católica más alta del mundo, alcanzando su cota máxima tras décadas de trabajos ininterrumpidos.
Durante el acto litúrgico, el Pontífice empleó el catalán en algo más de la mitad de su intervención, alternándolo con el castellano durante el resto de la ceremonia. Este uso lingüístico supuso una modificación respecto al borrador inicial del discurso, cuya filtración íntegramente en castellano había generado malestar en sectores del ámbito eclesiástico y civil catalán. Tras las gestiones realizadas por diversos obispos locales, el protocolo final integró ambas lenguas en el parlamento oficial.
La bendición se enmarca en las conmemoraciones por el centenario del fallecimiento de Antoni Gaudí, a quien el Santo Padre calificó durante su alocución como el «arquitecto de Dios». En su mensaje, el Papa recordó la máxima del creador de la basílica: «primero el amor, luego la técnica», instando a los fieles a elevar la mirada hacia las realidades espirituales en consonancia con el lema de su visita oficial a España, «Alzad la mirada».
Tras la oración de bendición, en la que se pidió que la nueva torre sea un símbolo de paz y consuelo para quienes visiten la casa de oración, el Pontífice procedió a rociar agua bendita ante los presentes. El rito religioso dio paso a un espectáculo piromusical que combinó fuegos artificiales con el despliegue de drones. Los dispositivos luminosos dibujaron en el cielo de Barcelona el rostro de Gaudí y diversos motivos ornamentales que recorrieron la silueta del templo.
En el texto íntegro de la bendición, el Papa agradeció la labor de los profesionales que han trabajado en la construcción de la torre y subrayó la importancia de la cruz como «misterio de misericordia y de salvación». El acto concluyó con una invocación a la «nueva Jerusalén» y una referencia al bautismo como vínculo de unión en la fe cristiana, antes de que el Pontífice abandonara el recinto tras una última mirada simbólica hacia la cumbre de la basílica.


