jueves, julio 23, 2026
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Cierre de Ormuz: Trump y la nueva guerra de los oleoductos

La «guerra de oleoductos» consolida un nuevo orden energético ante el estancamiento del conflicto en Oriente Próximo

Transcurridos cinco meses desde el inicio de las hostilidades entre Estados Unidos e Irán, el conflicto ha derivado en un estado de parálisis operativa que, según analistas internacionales, está permitiendo a Washington reconfigurar el mapa energético global. A pesar del fracaso de las mediaciones diplomáticas y el persistente bloqueo del estrecho de Ormuz, la Casa Blanca ha comenzado a implementar una estrategia denominada «guerra de los oleoductos», orientada a integrar a Irak y Siria en un sistema de exportación de crudo bajo influencia estadounidense, minimizando así el impacto de las acciones de Teherán.

El balance económico y militar de la contienda arroja cifras de gran magnitud para el erario público estadounidense. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha cifrado el coste acumulado en más de 37.000 millones de dólares, solicitando una partida adicional de 67.000 millones para mantener la operatividad. En términos de arsenal, el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales estima que Estados Unidos ha consumido ya un millar de misiles Patriot —cerca del 40% de sus existencias— y hasta el 80% de sus interceptores antiaéreos avanzados THAAD.

En el plano humano, el coste para las fuerzas estadounidenses se mantiene en niveles que la administración considera gestionables, con menos de una veintena de soldados fallecidos y 400 heridos. Por el contrario, el régimen iraní enfrenta pérdidas masivas en sus infraestructuras y recursos militares convencionales, además de una parálisis económica derivada de su incapacidad para exportar petróleo. Aunque Irán conserva su capacidad ofensiva mediante drones y misiles, la reactivación de rutas alternativas por parte de Washington ha restado eficacia al cierre de Ormuz como medida de presión global.

La nueva arquitectura energética descrita por firmas de inversión como Wellington-Altus señala que Washington busca reactivar oleoductos históricos, como el eje Kirkuk-Baniyas, que conectaría el crudo iraquí con el Mediterráneo a través de territorio sirio. Esta maniobra no solo posiciona a Irak y Siria como aliados estratégicos emergentes bajo la órbita estadounidense, sino que genera una presión directa sobre China. El gigante asiático, que dependía del crudo iraní y del venezolano —este último afectado por el cambio de gobierno en Caracas el pasado enero—, se enfrenta ahora a una severa restricción de sus suministros tradicionales.

El precio del barril de petróleo, situado actualmente en torno a los 90 dólares, refleja una estabilización tras los picos de 126 dólares alcanzados en el mes de abril. Esta moderación es clave para la política interna de Estados Unidos, donde el presidente Donald Trump prioriza la estabilidad de los precios de la gasolina de cara a las elecciones legislativas de medio mandato de este otoño. Para los republicanos, el resultado de estos comicios es determinante para evitar un bloqueo legislativo durante el resto de la legislatura.

Finalmente, queda pendiente la resolución de la política de alianzas regionales. Informaciones recientes sugieren posibles acuerdos con socios en la zona para permitir el enriquecimiento de combustible nuclear bajo supervisión, mientras se mantiene la presión militar sobre la Guardia Revolucionaria iraní. La evolución del conflicto en los próximos meses estará supeditada, fundamentalmente, a los intereses electorales de la Casa Blanca y a la eficacia de las nuevas rutas de tránsito de hidrocarburos para aislar definitivamente la economía de Teherán.

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