El etiquetado abstracto favorece la aceptación de productos vegetales frente a las denominaciones técnicas
Una investigación reciente realizada por académicas de la Universidad Pontificia Comillas ha revelado que la precisión en el etiquetado de los productos vegetales puede actuar como un freno psicológico para el consumidor. Según el estudio, términos genéricos como «hamburguesa sin carne» resultan más atractivos y generan una mayor intención de compra que denominaciones específicas como «hamburguesa de guisante», especialmente entre los consumidores habituales de productos cárnicos.
El análisis surge en un contexto de expansión del mercado de alimentos a base de plantas (plant-based), que actualmente representa el 2,4 % del sector total de comidas y bebidas en la Unión Europea. Los hallazgos sugieren que, aunque la transparencia informativa es un requisito legal, la forma en que se comunica el ingrediente principal en la parte frontal del envase condiciona la percepción del sabor y la naturalidad del producto.
Marco legal y el desafío nutricional
El debate sobre la nomenclatura de estos productos ha alcanzado instancias judiciales de alto nivel. En octubre de 2024, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que los Estados miembros no pueden prohibir términos como «salchicha» o «hamburguesa» para alternativas vegetales, siempre que el etiquetado sea claro y no induzca a error. Esta sentencia refuerza la posición de las alternativas vegetales frente a las restricciones que ya afectan al sector lácteo, donde el uso del término «leche» está limitado a productos de origen animal.
No obstante, la claridad legal no resuelve el dilema del consumidor. Si bien el sistema Nutri-Score suele otorgar mejores calificaciones a estos productos por su alto contenido en fibra y bajas grasas saturadas, muchos de ellos son catalogados como ultraprocesados debido a sus niveles de sal y azúcar. La investigación señala que, más allá de la composición nutricional, la barrera principal sigue siendo de carácter semántico y emocional.
Resultados del experimento: el rechazo a la concreción
El estudio, que contó con la participación de 300 personas en España, evaluó cuatro tipos de etiquetas: abstractas («hamburguesa sin carne»), intermedias («hamburguesa vegetal») y concretas («hamburguesa de soja» o «de guisante»). Los datos indicaron que las etiquetas que identifican el ingrediente específico reducen significativamente el atractivo del producto y activan lo que los expertos denominan «la paradoja del análogo».
Este fenómeno ocurre porque las etiquetas concretas actúan como disparadores semánticos que recuerdan al consumidor que el producto es un sustituto y no «carne real». Esta percepción puede derivar en un sentimiento de rechazo, al considerar el alimento como un «engaño industrial» o un producto poco natural. Por el contrario, las denominaciones abstractas facilitan la fluidez de procesamiento mental, permitiendo que el consumidor asocie el producto con una experiencia culinaria familiar.
Identidad y estrategias de comunicación
La investigación también identificó un sesgo de género en la respuesta a las etiquetas. Los hombres mostraron una resistencia más acusada ante las denominaciones concretas. Los autores del informe explican que, para un sector de la población masculina, el consumo de carne está vinculado a la identidad social; por tanto, una etiqueta que especifica claramente el origen vegetal (como el guisante) puede percibirse como una amenaza a dicha identidad, debilitando la intención de compra.
Ante estos hallazgos, las recomendaciones para la industria y los reguladores pasan por una división estratégica del mensaje. Se sugiere utilizar un lenguaje sugerente y abstracto en el frontal del envase para apelar al placer gastronómico, mientras que la información técnica y detallada de los ingredientes debe reservarse para el reverso del paquete, garantizando así el derecho a la información sin comprometer la adopción de dietas más sostenibles.
Finalmente, los investigadores advierten que imponer regulaciones que obliguen a usar nombres técnicos o poco familiares podría alejar definitivamente a los consumidores con mayor apego a la carne, dificultando los objetivos globales de transición alimentaria hacia modelos de menor impacto ambiental.


