La carrera por la organización de la final del Mundial de fútbol de 2030 ha entrado en una fase de alta tensión diplomática. Marruecos ha desplegado una exhaustiva operación de influencia internacional, bajo la dirección directa de la monarquía alauí, con el objetivo de asegurar los apoyos necesarios dentro del Consejo de la FIFA para albergar el encuentro definitivo del torneo, una aspiración que hasta ahora España mantenía como prioridad estratégica para las sedes del Santiago Bernabéu o el Camp Nou.
La ofensiva marroquí está liderada por dos figuras clave en el ámbito institucional y deportivo: el embajador en Estados Unidos, Youssef Amrani, y el presidente de la Federación Real Marroquí de Fútbol (FRMF), Fouzi Lekjaa. Según informaciones de fuentes diplomáticas y federativas, la estrategia ha logrado consolidar bloques de votos en diversas confederaciones, basándose en alianzas geopolíticas con la administración estadounidense, el emirato de Catar y Arabia Saudí.
El esquema de apoyos que maneja Rabat actualmente fragmentaría el equilibrio de fuerzas en el Consejo de la FIFA. Marruecos contaría con el respaldo mayoritario de la Confederación Africana de Fútbol (CAF), donde Lekjaa ejerce una notable influencia como vicepresidente y responsable de finanzas. Asimismo, la alianza con las monarquías del Golfo habría facilitado el trasvase de votos de la Confederación Asiática (AFC), sumando el respaldo de potencias futbolísticas emergentes y organizadores de ediciones previas y futuras del Mundial.
En el continente americano, la influencia de Rabat se habría extendido a través de la Concacaf, aprovechando la sintonía institucional con sectores de la administración de Donald Trump y los vínculos entre la federación marroquí y la U.S. Soccer. Esta situación ha generado una creciente preocupación en la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), que constata cómo la balanza de apoyos tradicionales podría estar inclinándose hacia la propuesta marroquí, que incluye la promesa de un nuevo gran estadio en Casablanca y una proyección de ingresos extraordinarios para la FIFA.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se sitúa en el centro de este escenario de influencias. Según fuentes cercanas al proceso, la organización internacional valora positivamente la capacidad económica y el compromiso infraestructural mostrado por Marruecos. Esto obliga a la candidatura de España y Portugal a redoblar sus esfuerzos diplomáticos para asegurar la unidad de voto en la UEFA y evitar fugas de apoyos en la Conmebol sudamericana, ante el temor de que algunos países puedan respaldar la opción norteafricana en secreto.
Este despliegue institucional coincide con el mejor momento deportivo de la historia de Marruecos. Tras su histórica participación en el Mundial de Catar 2022 y su consolidación en la edición de 2026, el país ha reforzado su estructura técnica con la captación de talento internacional de la diáspora, como el caso de Brahim Díaz. La combinación de éxito deportivo y músculo diplomático ha transformado una candidatura inicialmente complementaria en una aspiración firme para liderar el evento central del centenario de la Copa del Mundo.
Ante este panorama, las delegaciones diplomáticas españolas desplazadas al exterior admiten que la adjudicación de la final se ha vuelto un proceso de alta complejidad técnica y política. La decisión definitiva, que se tomará en el seno del Consejo de la FIFA, dependerá de la capacidad de España para mantener su liderazgo en el bloque europeo y contrarrestar una campaña marroquí que ha logrado alinear intereses económicos y estratégicos a escala global.


