La industria automovilística china traslada su producción a Europa para sortear aranceles y consolidar su presencia
Los fabricantes de vehículos eléctricos de China han iniciado un cambio de estrategia comercial en el continente europeo, pasando de la exportación directa a la producción local en plantas infrautilizadas de la Unión Europea. Esta evolución, que busca eludir las barreras arancelarias impuestas por Bruselas, ha convertido a España en el principal centro de operaciones para la integración industrial de marcas como Chery, Geely o MG, generando un debate sobre la soberanía tecnológica y la autonomía estratégica de la región.
España se ha consolidado como el laboratorio de esta expansión industrial en el sector del automóvil. En Cataluña, la antigua planta de Nissan en Barcelona ha sido reactivada por Chery en alianza con EV Motors, un proyecto que contempla la creación de más de 1.250 empleos. En Aragón, la planta de Stellantis en Figueruelas producirá modelos de la marca Leapmotor, mientras que la Comunidad Valenciana se perfila como otro eje estratégico tras el acuerdo entre Ford y Geely en Almussafes. A estos movimientos se suma el interés de SAIC en Galicia y de Changan en territorio aragonés, aprovechando los costes laborales competitivos y la infraestructura logística española.
Esta tendencia surge como respuesta paradójica a los aranceles de la Comisión Europea. En lugar de retroceder ante las restricciones, los fabricantes chinos están acelerando su implantación física dentro de las fronteras comunitarias para minimizar el impacto de las barreras comerciales y asegurar el acceso directo a las cadenas de suministro locales. Analistas del sector advierten que la actual capacidad industrial excedentaria en Europa —ejemplificada en el excedente de producción de casi 500.000 vehículos de Volkswagen— facilita que los grupos asiáticos asuman el control de instalaciones que, de otro modo, se enfrentarían al cierre.
Desde el ámbito institucional, diversos centros de análisis han comenzado a evaluar las implicaciones de este fenómeno. El think tank Bruegel señala que, si bien estas inversiones impulsan la transición ecológica y mantienen la actividad industrial, conllevan riesgos de dependencia económica. Por su parte, el Mercator Institute for China Studies (Merics) destaca que en 2025 la automoción captó el 45% de la inversión china en Europa, centrada principalmente en tecnologías críticas como baterías, inteligencia artificial y gestión de datos.
La situación ha activado la doctrina de «seguridad económica» en Bruselas, que busca reducir vulnerabilidades en sectores estratégicos. La preocupación de los reguladores europeos no se limita al empleo a corto plazo, sino a la configuración del mapa industrial en la próxima década. El debate en las instituciones europeas se centra ahora en determinar si la integración de capital y tecnología china en el tejido productivo propio garantiza la viabilidad del sector o si, por el contrario, desplaza la soberanía industrial hacia grupos vinculados a Pekín.


