Fernando Savater analiza la vigencia de la Constitución de 1978 frente al desafío de los nacionalismos periféricos
El filósofo y escritor Fernando Savater ha realizado un análisis profundo sobre la evolución política de España desde la Transición, destacando la importancia de la Constitución de 1978 como el instrumento que permitió superar la concepción de la nación basada en la «comunidad de sangre». En una reciente conversación con el editor Andreu Jaume, el intelectual donostiarra ha reflexionado sobre la persistencia de los nacionalismos y el impacto del terrorismo de ETA en la consolidación democrática del Estado.
Según Savater, la aprobación de la Carta Magna supuso el paso de una sociedad integrada por súbditos a una de ciudadanos libres e iguales. No obstante, advierte que este avance se vio confrontado por el surgimiento de nacionalismos que, a su juicio, representan una «regresión antimoderna». Para el filósofo, el nacionalismo constituye una transfiguración de la política en una suerte de «familia extensa», donde los vínculos de parentesco y origen pretenden prevalecer sobre los derechos de ciudadanía reconocidos racionalmente.
En el marco de su obra «Contra las patrias», Savater rememora el clima intelectual de los años setenta y ochenta, señalando que existió una «barbarie de la teoría» en ciertos sectores de la izquierda que justificaban la violencia de ETA como una forma de antifascismo. El autor sostiene que el terrorismo tuvo como objetivo principal a los defensores del marco constitucional, a quienes identificaba como los verdaderos obstáculos para su proyecto rupturista, de forma análoga a cómo el carlismo o el propio franquismo se opusieron a las constituciones liberales previas.
Durante la charla, se abordó la construcción del nacionalismo como una ideología que requiere la creación constante de un «enemigo imaginario» para justificar su existencia. Savater subraya que el fin de la dictadura supuso una crisis para estos movimientos, ya que la desaparición del régimen anterior les obligó a reformular sus agravios frente a un Estado democrático que, en la práctica, les otorgaba derechos de autogobierno inéditos.
El filósofo también recordó su papel en el fomento de la unidad de las fuerzas constitucionalistas en el País Vasco. Destacó el periodo en el que Jaime Mayor Oreja, por el Partido Popular, y Nicolás Redondo Terreros, por el Partido Socialista, lograron alinear sus posturas para defender la legalidad constitucional frente a la presión del entorno terrorista. Savater lamentó que aquel frente común fuera efímero, calificando de «espeluznante» el olvido institucional sobre el exterminio político que sufrieron formaciones como la Unión de Centro Democrático (UCD) en el territorio vasco.
En cuanto a la dimensión social, el intelectual analizó la connivencia histórica de ciertos estamentos, como la Iglesia católica y sectores de la burguesía, con el ideario nacionalista. A su juicio, el rechazo a la modernidad y al laicismo del Estado español alimentó un sentimiento de exclusión que todavía condiciona el debate político actual, especialmente en regiones como Cataluña y el País Vasco.
Finalmente, Savater distinguió entre el «amor a la aldea» o el patriotismo afectivo y el «separatismo» político. Mientras que el primero es considerado un sentimiento natural y legítimo hacia el entorno propio, el segundo es descrito como una pulsión excluyente que busca «hacer una lista de quiénes deben irse» de una tierra común. Para el filósofo, la defensa del Estado moderno radica precisamente en su capacidad para reunir a personas de diversos orígenes bajo una empresa política compartida e igualitaria.


