miércoles, abril 22, 2026
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Sheinbaum, Cortés y la verdad tras la caída de Tenochtitlan

La revisión del relato histórico sobre la caída de Tenochtitlán reabre el debate diplomático entre México y España

El aniversario de la caída de Tenochtitlán, ocurrido el 13 de agosto de 1521, continúa consolidándose como un eje de fricción política e historiográfica en las relaciones entre México y España. La persistencia de la demanda de disculpas formales por parte del Gobierno mexicano y la aparición de nuevas obras que cuestionan el relato tradicional de la conquista han devuelto a la esfera pública la discusión sobre la naturaleza de aquel proceso histórico y sus implicaciones en la identidad de ambas naciones.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha mantenido la línea discursiva de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, insistiendo en la necesidad de un acto de contrición por parte del Estado español. Esta postura institucional se fundamenta en una interpretación de la conquista como un agravio histórico contra los pueblos originarios, lo que ha generado una reacción diversa en los ámbitos académicos y políticos de ambos lados del Atlántico, donde se debate entre la reivindicación indígena y la realidad del mestizaje biológico y cultural.

En este escenario, la historiografía reciente, ejemplificada en trabajos como «Al día siguiente de la conquista» de Juan Miguel Zunzunegui, propone un análisis basado en fuentes documentales que matiza la visión de la conquista como una simple invasión extranjera. Las investigaciones destacan que la caída del imperio mexica fue posible gracias a una coalición militar compuesta mayoritariamente por miles de guerreros tlaxcaltecas, cholultecas y totonacas, quienes vieron en la llegada de Hernán Cortés una oportunidad de liberación frente al dominio y las exigencias de tributo de Tenochtitlán.

Uno de los puntos de mayor controversia es el uso del término «genocidio» para calificar los eventos del siglo XVI. Expertos juristas e historiadores señalan que, si bien se produjeron abusos y una mortandad masiva debido a epidemias y conflictos bélicos, el proceso también dio lugar a una sociedad mestiza inédita. A diferencia de otros modelos coloniales de exterminio, la estructura novohispana fomentó alianzas matrimoniales, integración jurídica y una fusión cultural que constituye la base demográfica del México contemporáneo.

Desde una perspectiva institucional, el debate se ha desplazado también hacia la genealogía de los actuales líderes políticos. Críticos de la narrativa oficial mexicana señalan la paradoja de que la defensa del indigenismo sea liderada por élites de ascendencia predominantemente europea, mientras que la historia real de personajes como Malintzin (la Malinche) simboliza una complejidad que no encaja en las dicotomías de «buenos y malos». La figura de Hernán Cortés es igualmente objeto de revisión, rescatando su faceta como estratega político capaz de articular un mosaico de pueblos descontentos.

Finalmente, el análisis de este periodo subraya la necesidad de evitar el presentismo, es decir, la aplicación de la moralidad contemporánea a hechos ocurridos hace cinco siglos. Mientras que para algunos sectores la conquista sigue siendo una herida abierta utilizada como herramienta de cohesión identitaria, para otros es un episodio histórico que debe entenderse bajo las lógicas imperiales de su época, similar a las expansiones de Roma o el Imperio Otomano, priorizando el conocimiento académico sobre la consigna política.

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