sábado, mayo 16, 2026
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De héroes a espías chapuzas: el declive del espionaje

Evolución de la inteligencia operativa: de los agentes de élite a la captación de activos no convencionales

Los servicios de inteligencia internacionales atraviesan una fase de transformación en sus métodos de captación operativa en el terreno. Frente al modelo tradicional de agentes altamente cualificados y formados para la infiltración y el mimetismo, diversos organismos estatales han comenzado a delegar misiones críticas en individuos civiles sin formación previa, captados habitualmente a través de plataformas digitales y motivados por necesidades económicas o situaciones personales precarias.

Expertos en materia de seguridad señalan que, a pesar del auge de los medios tecnológicos como el reconocimiento por satélite, el software espía y el uso de drones, la inteligencia humana (HUMINT) sigue siendo insustituible. No obstante, la calidad de estos activos ha experimentado un cambio notable. Históricamente, la eficacia del espionaje se basaba en la profesionalidad de figuras como Alfonso Vega, agente de la unidad operativa del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), cuya capacidad para infiltrarse como mendigo en entornos de riesgo fue determinante en las primeras fases de la lucha contra el terrorismo yihadista en España.

En contraste con este modelo de alta preparación, los servicios de inteligencia actuales están recurriendo a la captación masiva de colaboradores externos con escasa pericia técnica. Un caso representativo es el de un ciudadano ucraniano residente en Alemania, identificado como Sergey, quien fue reclutado por el servicio secreto militar ruso (GRU) a través de la aplicación Telegram. El activo, que carecía de instrucción en inteligencia, fue encargado de vigilar a empresarios del sector de defensa. Su falta de protocolos de seguridad facilitó su detención por parte de las autoridades germanas, tras hallarse en su dispositivo móvil pruebas incriminatorias directas de sus contactos y grabaciones.

Esta tendencia hacia el uso de activos «improvisados» se ha extendido también al ámbito del espionaje iraní en Oriente Próximo. Informes de inteligencia han documentado la captación de perfiles altamente inusuales para misiones en suelo israelí, incluyendo a un jubilado de 73 años y a un menor de 13 años. En el caso del adulto, la captación se produjo aprovechando su vulnerabilidad económica, proponiéndole labores de información y sabotaje. Por su parte, el menor fue instruido para realizar grafitis y documentar gráficamente sistemas de defensa críticos como la Cúpula de Hierro.

El recurso a estos perfiles, denominados en ocasiones como espías «de usar y tirar», responde a una estrategia de bajo coste y minimización de riesgos políticos para los servicios de inteligencia en caso de captura. Sin embargo, los resultados operativos demuestran una alta tasa de exposición y fracaso, dado que la ausencia de formación profesional de los reclutados colisiona con la sofisticación de los sistemas de vigilancia y contraespionaje modernos, que logran neutralizar estas células no convencionales con relativa celeridad.

La transición de la inteligencia estatal desde los agentes de carrera hacia colaboradores civiles sin preparación marca un nuevo paradigma en los conflictos de baja intensidad y la guerra híbrida, donde la cantidad de activos operativos parece estar primando sobre la especialización y la seguridad de las misiones.

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